El ruido del tiempo. Julian Barnes


Título original: The noise of time
Traducción: Jaime Zulaika
Editorial: Anagrama
Colección: Panorama de Narrativas
Fecha: 2016
páginas: 208
ISBN: 9788433979551

Me parece de una enorme dificultad establecer un discurso acerca de las relaciones entre el arte y el poder establecido, entre el artista de incontrolable creatividad y la obligación de aplicar las barreras que impone la definición de arte oficial e incluso tratar de ponderar los límites entre la valentía, la cordura y la  cobardía del artista. Julian Barnes juega con todas estas variables aplicadas a la vida por no decir a la angustiante vida de Dimitri Shostakovich (1906- 1975) cuya capacidad musical no fue puesta en duda por el régimen soviético sino que fue directamente dirigida a ensalzar la filosofía reinante que no tuvo ningún dilema a la hora de definir qué era la música del pueblo. Por momentos parece una biografía orientada a los sentidos, a las emociones, a la crueldad espiritual que martiriza a un músico comprimido entre su creatividad y la que sugiere la autoridad  pero por encima de ese discurso  se superpone  el deprimente monólogo de un hombre rendido al poder. El autor ha creado unas amplias expectativas con el planteamiento de la obra que a la postre no se alcanzan, el tema daba para algo más que presentar a un hombre abatido, agotado ante un dilema existencial pero que consiguió justificarse gracias a su falta de arrojo.
Dimitri Shostakovich pronto se manifestó como un espléndido compositor que recibió un nítido reconocimiento que traspasó con facilidad y rapidez las fronteras rusas. Sin embargo el destino le trajo como compañero de viaje, bastante incómodo por cierto sobre todo si no había coincidencias con sus ideas, a un Stalin que no dudó en calificar a su ópera Lady Macbeth como un caos y bulla de ruidos, como un conjunto de gruñidos alabado únicamente por los pretenciosos y engreídos burgueses e indicó que su música estaba alejada de los patrones del proletariado. Una crítica de semejante índole en aquellos tiempos no era otra cosa que una clara llamada a la depuración del criticado y todo su entorno. Shostakovich consiguió eludirla a base de una adecuación de su música al gusto del partido lo que le granjeó ácidas críticas por colaboracionista. Nadie sabe a ciencia cierta cual fue el sufrimiento real del compositor y cómo tuvo que balancear sus agobios haciendo acopio de toda la valentía de que disponía para dedicarla a su música mientras dejaba toda la cobardía como hombre a su vida personal.
Estamos ante un hombre apocado, débil e inseguro angustiado ante la obsesiva vigilancia a la que estaba  sometido, un ser en continua tensión que se dispone a complacer (a pasar por el aro) porque necesita la música como autentico oxígeno para su existencia. Cualquiera entiende que no había partido que jugar ya que estaba marcado por la diferencia de los contrincantes, por lo que sin resistencia alguna conocida pierde en semejante envite la dignidad y la autonomía; el poder que le apremia es angustioso y el miedo que genera suficientemente persuasivo.
A pesar de su claudicación su concepto del arte no cambia, sabe que no pertenece al pueblo sino a sus creadores que realmente lo aman hasta el punto de que el conjunto de artistas en libertad creativa son los que  enseñan a desarrollar el alma a sus semejantes.
Esta historia es una confirmación de lo implacable que resulta el destino, de cómo la vida se convierte en una tragedia injusta y descubre que nuestro destino es ser en la vejez lo que en la juventud nos hubiera merecido el más grande desprecio. Su cobardía lo ha arrastrado hasta la humillación hasta convertirlo según sus propias palabras “ en un gusano”. Pero en verdad solo estamos ante la interpretación de unos datos que nos proporciona la historia y quién somos nosotros para juzgar. La única realidad es que Shostakovich no fue otra cosa que un hombre que quiso vivir, que no tuvo valor para exponer a su familia y amigos, porque en definitiva nadie está obligado a ser un héroe con lo que nos da pie a pensar que frente a la pobreza moral y cultural de un líder paranoico nos ha quedado la obra del artista.
Julian Barnes hace uso de una prosa sencilla sin embellecimiento alguno incluso podría decirse tan triste como la propia historia que cuenta, muy aseada para escribir una vida atormentada pero escasa para transmitir esos sones de tristeza y dolor que debía emitir el alma de un hombre afligido, siempre en pugna entre su dignidad como hombre y su música.
La narración se sustenta en un monólogo personal del compositor que ha vivido siempre atribulado por la presión ejercida por el partido soviético compuesto por tres partes bastantes diferenciadas. La primera engloba su juventud más o menos dichosa a la vista de su progreso como compositor y expectante por su primer amor, una segunda que nace en la crítica draconiana de Stalin y se extiende en el periodo de complacencia a los dictados del partido y una última en donde aparece el compositor saboreando los beneficios de ser un cooperante del régimen.
Sin embargo la novela peca por momentos de cierta tibieza estilística pues o bien la traducción deja que desear o los conocimientos musicales son escasos pues la terminología musical utilizada en diversos momentos no parece muy adecuada.
Lectura que a pesar de su contenido tan gris se agradece al plantear un tema poco frecuente como el que resulta del enfrentamiento entre el poder (dictatorial en este caso) y el arte en forma de un conflicto personal en el que el hombre pone en cuestión el coraje frente al cangelo motivo más que suficiente para recomendarla.

Julian Barnes, nació un dieciséis de enero de 1946. Se educó en Londres y Oxford. Ejerció como periodista y también trabajó como lexicógrafo, editor y crítico cinematográfico y traductor. Es autor de diversas novelas policiacas bajo el seudónimo de Dan Kavanagh. Ha recibido numerosos premios entre los que destaca el Booker de 2011 con la novela “El sentido de un final”.
otras obras:

 

El puercoespín
Amor, etc
Metrolandia
Inglaterra, Inglaterra
El sentido de un final
El perfeccionista en la cocina
Antes de conocernos
Algo que declarar
Cartas desde Londres
El loro de Flaubert
Nada que temer
Mirando al sol
Una breve historia de la peluquería
Niveles de vida
Arthur & George

Un pensamiento en “El ruido del tiempo. Julian Barnes

  1. Pingback: Book Tag: Pecadillos pretenciosos. | Daybreak Over the Ocean

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